jueves, 18 de febrero de 2021

Relato 18F: "Tú no eres un marciano"

 

Había una vez un profesor llamado Alberto, que después de haber pasado toda su vida trabajando duro, consiguió ser el director de un Parque de Ciencias que abrió sus puertas en la ciudad.

El profesor Alberto siempre supo que era diferente cuando era niño, en lugar de sociabilizarse con los demás, se encerraba en su habitación con una montaña de libros de Ciencias, Matemáticas, Física…

A pesar de eso, consiguió estudiar su carrera, trabajar como profesor y hasta ganar premios gracias a su esfuerzo y pasión por las Matemáticas y Ciencias. También, consiguió casarse con una mujer que le amaba y comprendía su situación.

Una tarde al pasear por el Planetario Digital, le llamó la atención un chico totalmente atento a las constelaciones.

El niño iba vestido con un vaquero azul, una camiseta blanca del planeta Saturno y unas zapatillas negras con cordones blancos. No quitaba ojo a las estrellas.

El profesor Alberto sonrió y siguió su camino. Desde entonces, todas las tardes volvía a ver a ese niño que siempre visitaba el Planetario, para observar las estrellas y la representación del Sistema Solar.

Se dio cuenta de que le gustaba la Ciencia, pero también se preguntaba por qué ese pequeño siempre estaba solo. Pues aunque había más visitantes, él estaba en su mundo.

Un día lo llamaron de un colegio para que diera una charla sobre Ciencia. Con mucho gusto, entró en una clase donde lo estaban esperando con entusiasmo.

Pudo ver a todos los niños sentados juntos, menos un niño apartado en una esquina.

Para su sorpresa, reconoció al mismo niño que todas las tardes visitaba el Parque de Ciencias. Al verlo ahí solo, sospechó que algo le ocurría para ser diferente. En esa ocasión, tenía puesto un vaquero negro, una camiseta azul con estrellas, zapatillas rojas con cordones blancos y por fin podía observar de cerca su pelo castaño rizado y los ojos marrones.

 El profesor Alberto se acercó a él y le preguntó:

-Hijo, ¿Qué haces sentado tan apartado de tus compañeros? El pequeño parecía tímido y con voz débil contestó:

-Yo no soy tu hijo.

 

El profesor Alberto sonrió y añadió:

-Perdona, quería decírtelo como cariño. ¿Cómo te llamas pequeño?

-Se llama “Marciano”.- Contestó otro niño con un coro de risas que se escuchaban.

El pequeño bajó la cabeza, pero el profesor Alberto respondió:

-¿Así se llama?

-Sí, se llama “Marciano”.- Contestó otro con muecas de burla.

-¿Acaso se llama así de verdad? No lo creo. ¿No será que vosotros le llamáis así? Este niño seguro que tiene un nombre.

Entonces, volvió a dirigirse al pequeño para preguntarle:

-No tengas miedo, dime ¿Cómo te llamas?

-Y el niño levantó la cabeza contestando:

-Me llamo David.

Al profesor Alberto se le ocurrió una idea. Les hizo una pregunta matemática que sólo David resolvió y como premio, cogió una silla, la colocó a su lado y dedicaba la charla para él.

A David le gustó mucho la idea de estar al lado del profesor y que este le dedicara la charla en su honor, disfrutó con alegría el momento.


Después de la charla, el profesor Alberto estaba preocupado por el trato que le estaban haciendo a David y decidió hablar con su tutor.

-¿Usted sabe cómo le están tratando? El tutor asintió la cabeza y contestó:

-Ese es su problema, si es diferente normal que sea “la oveja negra” y todos vayan a por él.

El profesor Alberto no podía creer lo que estaba oyendo.

-¿Y cree que así estando con los brazos cruzados y lavándose las manos se solucionan sus problemas? ¿No cree que necesita ayuda? ¿O es que usted no es consciente de lo que está sufriendo? Si es tan buen profesor demuéstrelo.

El tutor de David no consiguió contener su chulería y respondió:

-Oiga, yo soy profesor de escuela, no médico ni científico. Yo hago mi trabajo y usted no tiene por qué decirme lo que tengo que hacer. Si este niño es tonto no es mi problema. Y aunque sea bueno con los números, no sigue el ritmo de sus compañeros y eso es culpa suya. No pienso perder el tiempo con un niño tan raro.

El profesor Alberto, al oír esas palabras, se sentía furioso. Consiguió calmarse y una vez sereno, recogió sus cosas y haciendo llamar al director, volvió a dirigirse al cruel tutor y compañeros agresores.

-Bien, ya que he visto la manera de cómo habéis tratado a esta criatura y ha estado sufriendo mucho injustamente por ser diferente, por un problema que sospecho lo que puede ser, no voy a permitir que siga pasándolo mal. David se va a venir conmigo y en cuanto a usted, no se librará fácilmente. Todo el mundo va a saber lo que ha hecho y le aconsejo que ni se le ocurra volver a acercarse a este niño o las consecuencias serán peores. Así que tenga cuidado a partir de ahora o le pondré una denuncia.

El profesor Alberto consiguió llevarse a David, “todo irá bien, ya verás” le decía.


Todos se llevaron una sorpresa, los compañeros agresores pasaron de la risa a un tenso silencio y el director del colegio, que no sabía exactamente lo que había pasado, se vio obligado a poner medidas e inmediatamente, despedir al malvado tutor y éste, pagó su delito.

Unas semanas después de que a David le cambiaran de colegio, ya la vida le sonreía. No sólo porque consiguió tener amigos y gente más comprensiva, sino porque el profesor Alberto consiguió ayudarle y su esposa psicóloga y logopeda, pudo resolver el problema que tenía.

Los padres de David estaban muy agradecidos por el apoyo y afecto que sintió el profesor Alberto hacia su hijo. Y también estaban muy agradecidos por el acto valiente de haber dado una lección, aquel día en el otro colegio.

Además gracias a él y su esposa, pudieron saber qué le ocurría al pequeño para ser diferente y por qué estaba solo. Desde siempre sospecharon de comportamientos extraños.

La esposa del profesor Alberto conocía perfectamente el caso y no dudó en ponerse manos a la obra para colaborar en el diagnóstico. Lo sabía perfectamente porque lo había trabajado y lo vivió siempre de cerca.

Entonces, llegó un maravilloso día que fue el cumpleaños de David y todos tenían claro que el mejor lugar para celebrarlo, era el Parque de Ciencias. Donde tanto le gustaba y lo visitaba muchas veces como pasatiempo y también era su lugar de refugio.

David estaba muy contento por celebrar su cumpleaños allí y consiguió invitar a unos amigos: Unos del colegio con quienes se llevaba bien, otros del Club de Ciencias y tampoco podían faltar, unos chicos de una Asociación que tenían el mismo problema que él.

Allí pasó la tarde jugando y riendo como nunca se había imaginado. Estaba disfrutando de su cumpleaños y en el sitio que para él era su Paraíso. Y para esa ocasión, se había puesto un pantalón marrón, una camiseta blanca con un chaleco beige y unas botas marrones.


Ya no era un niño tímido y triste. Aunque tenía su problema, ya estaba aprendiendo a vivir con él.

De hecho, cuando llegaba el final de la fiesta y era hora de irse a casa, no podían faltar los regalos especiales que habían preparado el profesor Alberto y su esposa. Ambos tenían mucha ilusión de que le gustaran.

Entonces David, abrió el primer regalo que preparó el profesor Alberto. Era un paquete grande y ¿qué era? Un telescopio.

-Esto David, para que sigas disfrutando de la astronomía que tanto te gusta y puedas ver las estrellas todas las veces que quieras. Es un regalo que te hago para que sigas con tu pasión y nunca dejes de soñar.

Le llegó el turno a su esposa y ésta le regaló un libro de Albert Einstein.

-Esto para que conozcas la historia de este científico que como tú, también tenía el mismo problema y eso no le impidió ser un genio. Te animo para que no te sientas triste ni te vengas abajo si eres diferente, Porque tienes muchas cosas buenas y podrás llegar a ser lo que quieras. Fíjate en él cómo llegó a ser grande en la Ciencia. Podrías serlo tú también.

David observaba el libro y exclamó mirando al profesor:

-¡Mira, se llama Alberto!

Todos rieron hasta el profesor y comentó:

-Claro, Además ¿sabes una cosa? Que yo cuando conocí su historia me sentía identificado en algunas cosas. Cuando era niño me pasaba lo mismo que tú y en aquellos tiempos, las cosas fueron diferentes. Pero conseguí seguir adelante cumpliendo sueños y poder disfrutar de las mejores recompensas. Una de ellas encontrarme en mi camino a mi esposa, quien me ha ayudado mucho y he conseguido gracias a ella vivir día a día feliz.

El profesor Alberto puso una mano en el hombro a David y con una sonrisa, añadió estas palabras:

-Cuando te veía solo por aquí en el Parque de Ciencias, sabía que algo te pasaba y una vez que descubrí tu historia, por eso quería ayudarte. Hace años cuando era niño me pasaba lo mismo que tú y me refugiaba en la


Ciencia como mundo de salvación. Poca ayuda tuve y muchas cosas las descubría solo, pero tuve la suerte de que a pesar de las cosas que me han pasado, no faltaba el empeño de vivir mi vida, estudiar una carrera y trabajar. Demostrar al mundo mis cualidades y ser una persona más.

David no dejó de escuchar las emotivas palabras de su amigo el profesor Alberto.

-¿Te acuerdas cuando te llamaban “Marciano”? Tú nunca lo has sido ni tienes por qué serlo. Puede que cada uno de nosotros que tengamos el mismo problema, parece que venimos de otro planeta, Pero somos iguales ya sea como sea cada uno, somos personas y todos tenemos los mismos derechos. Nadie tiene que pisar a nadie por cómo sea ni reírse. Porque al final, cada uno tiene su propia vida y su propio camino y tú mi amigo David, tienes el tuyo.

Con este discurso, David abrazó al profesor Alberto y se marchó con sus padres de vuelta a casa, muy feliz por la fiesta de cumpleaños inolvidable, los regalos y las sabias palabras que llegaron a su corazón.

Unos días después, se presentó en el despacho del profesor Alberto por sorpresa en vaquero azul y una camiseta negra con la fórmula E=mc2 en el centro como una pizarra. Llevaba unas zapatillas estampadas con números.

El profesor Alberto se rió al verle con un aspecto tan gracioso, original y matemático.

-Hola profesor Alberto.

-Hola David. Vaya, vaya. Qué camiseta tan chula.

-¿Te gusta? Es la fórmula de Einstein, mi mamá me la regaló.

-Ya veo que te has hecho fan del gran científico Albert Einstein. Y David con un salto de alegría exclamó:

-¡Claro que sí! ¡Y quiero ser un gran científico como él! El profesor Alberto entre risas aplaudió:


-Estupendo David ¿por qué no? Seguro que lo serás ¿Qué te parece si damos una vuelta por la sala de Astronomía? ¿Y después te apetece tomar un batido de chocolate?

-Claro.

-Estupendo, pues vamos.

Y así fue cómo David pasó otra tarde más en el Parque de Ciencias con el profesor Alberto, muy contento y con muchos deseos de ser un gran científico y matemático como Albert Einstein.


Sara, 31 años

 




 

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